En San Juan de la Peña a 52,6 km, 57 minutos desde Murillo de Gállego.
Cubierto por la enorme roca que le da nombre, el conjunto, que abarca una amplia cronología que se inicia en el siglo X, aparece perfectamente mimetizado con su excepcional entorno natural. En su interior destacan la iglesia prerrománica, las pinturas de San Cosme y San Damián, del siglo XII, el denominado Panteón de Nobles, la iglesia superior, consagrada en 1094, y la capilla gótica de San Victorián, pero sobre todo sobresale el magnífico claustro románico, obra de dos talleres diferentes y el Panteón Real, de estilo neoclásico, erigido en el último tercio del siglo XVIII.
Leyenda:
La leyenda cuenta que la creación de este monasterio se debe a una anécdota totalmente fortuita. Se dice que en el S. VII vivían en Zaragoza dos jóvenes muy aficionados a la caza, Voto y Félix. Un día, Voto se fue de caza por estos lugares, cuando de pronto divisó a lo lejos una buena pieza de ciervo.
El cazador corrió desesperado en su persecución hasta llegar al punto donde se corta la llanura para abrirse en un profundo vacío. El ciervo no pudo parar a tiempo, debido a la velocidad que llevaba, y corrió hacia el precipicio, seguido del joven Voto.
Desesperado, en medio del vacío, el cazador pidió auxilio a San Juan Bautista, y por un milagro, su caballo se posó sobre la tierra suavemente. Mientras observaba al ciervo despedazado por la caída, vio una senda que conducía a una pequeña cueva.
Oculta su entrada por el follaje, el joven se acercó y comprobó que era una pequeña ermita, en la cual encontró el cuerpo insepulto de un anciano ermitaño, Juan de Atarés. En ese momento, sintiendo la llamada de Dios, el cazador volvió a Zaragoza y convenció a su hermano Felix para retirarse a la cueva de San Juan, dispuestos a emprender una vida eremítica.